31 oct. 2010

Cara

El prócer de la patria que está de un lado de la moneda se le parece. Igualito. Él creía que era algo bueno, que por esa razón el dinero era una extensión suya, un espejito a cambio del cual obtendría todos los demás. Así, lo que más disfrutaba en el mundo era introducirse en el tragamonedas, bajar la palanca y escuchar el ruido que hacían los engranajes de su propia reproducción girando a toda velocidad.

Luego, a veces, escuchaba el dulce ping-ping y observaba extasiado cómo caían pequeñas cataratas a su imagen y semejanza. Le brillaban los ojos. Por eso, cuando una noche desde la máquina empezó a sonar un estrépito infernal que sacudió el casino y el metálico no dejaba de caer, y la gente se amontonó a mirar y el Banco Central había modificado hace poco el diseño de sus monedas y él ya no se vio en ellas, fue a su casa y se mató.

A su alrededor encontraron las monedas que había ganado dadas vuelta, miles y miles de hijos no reconocidos, y una breve nota donde decía haber comprendido finalmente por qué, a ese otro lado, le llamaban cruz.

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