29 oct. 2010

Proxeneta chúlina

Mi tía Rosa, que años después tomaría las suficientes pastillas para adelgazar y terminar del tomate, en ese entonces seguía cuerda. Además tenía un novio que se fue de viaje. Yo tenía tres años y era aún el único individuo de la siguiente generación familiar –el primer hijo, nieto, sobrino-, por lo que estaba claro desde un principio que recibiría algún tipo de soborno. Era lo usual: un pobre diablo se moría de ganas por darle masa a una tía, de modo que primero tenía que darme a mí, como mínimo, masas de confitería. El proxeneta chúlina en mis zapatitos no tardó en convertirse en un hijo de puta exigente. Si me encontraba satisfecho con el regalo, inflaba mis cachetes en una sonrisa atragantada, mi tía se derretía y, sin darse cuenta, su sistema biológico aprobaba al candidato como posible progenitor. Después me dejaban solo y no requerían de mis servicios por un largo rato.

Por lo visto, el novio de mi tía Rosa traía los ojos rojos desde hacía un buen tiempo, ya que apareció de su viaje con una gigantesca caja de chocolates. Era temática, sus condenados dulces tenían forma de astronautas y naves espaciales. ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo allí, solo? No tuve otra que cumplir mi rol de voraz monstruo extraterrestre. Después dicen que la tele es la que incita a la violencia, cuando cualquier osito, azucarado y masticable, certifica la ancestral carroñería de nuestra especie oportunista.

Terminé en el hospital, cubierto de baba y chocolate, con un empacho de novela, por lo demás, peligroso. Mi tía abuela, médica, puteaba contra el chocolate mientras ordenaba un lavado de estómago. Yo deliraba mi protesta: beniiito totolate. Una y otra vez. Así fue como descubrí el abuso, aunque no, no el hartazgo, que hasta el día de hoy me pasa de largo. Mi tía abuela igual: descubrió otra anécdota familiar que repetir los domingos por el resto de su vida.

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