29 oct. 2010

Set de cubiertos para desayunar

-Déme uno de esos.
-¿Éste?
-No, el de lado, el cuchillo para untar manteca.

El viejo de rostro poroso que atendía el negocio tomó el utensilio y se lo alcanzó, dirigiéndole una mirada oblicua y media sonrisa. Él desvió la mirada, aunque tomó el cuchillo y entregó el dinero. Salió caminando despacio, sin girar el cuello en ningún momento para detenerse a mirar a los costados. Los miraba de todos modos, de reojo. A la media cuadra empezó a correr, de la nada, pero no había nadie en la calle que pudiera notar y sobresaltarse ante su explosivo arranque. Era temprano.

Corriendo cruzo la calle cuando el semáforo estaba en verde, por lo que alguien que pasaba manejando dijo haber visto un caballo loco, pero su acompañante dijo que no, que no había pasado nada enfrente, borracho, para luego proponer un cambio de chofer. Corriendo atropelló e hizo volar a una abuelita que estaba en su camino, que traía una bolsa de mercado repleta y desde siempre había estado destinada a la postración y la conversión religiosa, proponiéndose fundar una orden, como cualquier ocioso encamado, lo que no tendría efecto alguno al morir en pocas semanas a causa de las magulladuras. Corriendo también pasó frente a tres tiendas donde bien pudo haber comprado el utensilio, aunque la verdad era que no había un motivo escondido más allá de la distancia. Por fin llegó a su casa, y lo primero que hizo fue meter un pan de sándwich en una de las mixteras que le enviaron el día de su boda. Le habían regalado todos los modelos del mercado. Claro que ninguno de los invitados se dignó en regalarle un solo set de cubiertos.

Saltando subió las escaleras y entró al baño. Frente al espejo vio con excitación que la camisa blanca que llevaba puesta estaba transparente. Con los dedos en pinza la despegó con cuidado de su piel, parte por parte, inclinándose un poco hacia delante. Luego desprendió los botones lentamente para no chorrear. Se quitó la camisa y la torció sin apretarla, colocó un vaso debajo y fue exprimiendo primero un poco, luego hasta la última gota de sudor. Volvió a la cocina y, después de dejar el vaso lleno sobre la mesa, desenchufó el aparato y extrajo la tostada. Levantó un brazo, tomó el cuchillo para untar y lo acercó a su sobaco. Una y otra vez lo arrastró a través del pelambre y la gelatina. Fue acumulando una cantidad considerable de una sustancia semitransparente con un fuerte olor, reminiscente a fermentación láctea, o quizás a otra cosa no muy distinta. Entonces untó la manteca infernal de su catinga sobre la tostada, se sentó y desayunó.

Su reluciente y nueva esposa, que se había levantado de la cama esperando un romántico plato de huevos revueltos, lo espiaba desde la puerta entreabierta, pero en lugar de asquearse o armar escándalo, tomó valor para entrar a la cocina y admitir:

-Ya corrí, salté, trepé y no, no hay caso, nunca sudo. Nunca sudé en mi vida.

Ella bajó la cabeza y él escuchó su ligero lloriqueo. Con ternura le extendió el cuchillo y le declaró su amor:

-¿Querés?

A lo que ella alzó su mirada temblorosa, brillante, para responder con voz enamorada:

-Si sobra nomás.

Él levantó el otro brazo.

3 comentarios:

  1. Francamente no me gusto, pero como la constitución garantiza la libertad de expresión estás en todo tu derecho de expresar tus pensamientos como mejor te de la gana... a lo mejor hay gente que aprecia lo bizarro pero esto raya en el mal gusto. Es mi humilde opinión.

    ResponderEliminar
  2. Anónimo, no soy pero me identifico tu tio bicho soy para que no creas otra cosa un saludo y me gustaria que enfoques la literatura hacia el común de las personas...

    ResponderEliminar
  3. No me interesa ese tipo de literatura, Vicho, pero respeto la diversidad.

    ResponderEliminar