31 oct. 2010

Cara

El prócer de la patria que está de un lado de la moneda se le parece. Igualito. Él creía que era algo bueno, que por esa razón el dinero era una extensión suya, un espejito a cambio del cual obtendría todos los demás. Así, lo que más disfrutaba en el mundo era introducirse en el tragamonedas, bajar la palanca y escuchar el ruido que hacían los engranajes de su propia reproducción girando a toda velocidad.

Luego, a veces, escuchaba el dulce ping-ping y observaba extasiado cómo caían pequeñas cataratas a su imagen y semejanza. Le brillaban los ojos. Por eso, cuando una noche desde la máquina empezó a sonar un estrépito infernal que sacudió el casino y el metálico no dejaba de caer, y la gente se amontonó a mirar y el Banco Central había modificado hace poco el diseño de sus monedas y él ya no se vio en ellas, fue a su casa y se mató.

A su alrededor encontraron las monedas que había ganado dadas vuelta, miles y miles de hijos no reconocidos, y una breve nota donde decía haber comprendido finalmente por qué, a ese otro lado, le llamaban cruz.

30 oct. 2010

El tercer y cuarto tiempo.

El calentamiento empieza con unas botellas de litro sentados en la vereda. Frente a la despensa. Ésta eventualmente cierra, de modo que lo siguen parados en la calle, ahora en botellas más pequeñas, frente a la estación de servicio de la esquina.

Finalmente, comienza:

Cerro ganó más clásicos. Olimpia tiene copas internacionales. Cerro es el club del pueblo. Olimpia tiene más hinchas. Tierra roja y cielo azul, Cerro nio es este país. Plata blanqueada y mercado negro, Olimpia era ODD y sigue siendo este país y a quién puta le importa. El fútbol luego es negocio, una cagada es. Vos lo que sos una cagada, qué lo que estás diciendo, enfermo. Lanzamiento de bala, por ejemplo, es un deporte noble, siempre fue olímpico. Sabés qué, vámosna afuera. Ya estamos afuera. Bueno, esperá me saco mi remera que es original.

Los dos lanzan unas cuantas patadas al aire, ni una sola vez se aciertan. Un tercero les separa. Les dice que el fútbol es el reemplazo simbólico de la guerra y que pelearse por culpa del mismo es, cuando menos, una contradicción, si no directamente una pelotudez.

Esta vez sí aciertan las patadas y, después de cansarse, lo abandonan en el suelo. Se piden disculpas y se dan un abrazo fraternal.

Quince minutos de descanso.

Suben al auto, pasan por la calle de los travestis y el copiloto lame un pezón. Luego arrancan y gritan puto. Atraviesan la avenida y se detienen a realizar un rápido estiramiento, esta vez en latas y cerca del mercado. Intentan estafarle el importe, borrachos pero seguros de sí mismos, al panchero. No tienen éxito. Doblan en la siguiente avenida y se encuentran, a las cinco de la mañana de un miércoles, jugando de nuevo mientras manejan en zigzag detrás de un hombre que va a su trabajo en bicicleta. Sacan la cabeza por la ventana del auto y le gritan al ciclista que, justo hoy, sacó la lotería, que es el peor día de su vida, que se va a morir, que le van a pasar por encima como si fuera una hormiga. El auto es un Marutti, pero igual. El ciclista se arrima al borde de la calle, sin detenerse, y responde que le dejen en paz. Ellos se ponen a su lado y le arrojan latitas semivacías a la cara sin dejar de amenazarle. El ciclista frena de golpe y les grita que son unos borrachos de mierda. El auto también frena, un poco más adelante, y el copiloto desciende corriendo: te voy a mataaaaaar. El ciclista huye en dirección contraria. Llega hasta una caseta policial y pide ayuda. El policía, con los ojos entrecerrados, sale de su caseta justo en el momento en que el copiloto, que es abogado, llega corriendo para encajarle un puñetazo al ciclista, y exclamar:

-Hijo de puta, quién te creés para intentar robarme, te voy a reventar.

El policía, por ende, duda. En medio de ambos. Carece de elementos inmediatos para tomar partido hacia uno u otro lado, sea que se trate de un pobre diablo aterrorizado gratuitamente por un par de borrachos o, en todo caso, de las víctimas enfurecidas de un asalto fracasado. ¿Quién qué? No sabe, no responde, no le calienta, quiere volver a dormirse y soñar con lo que estaba soñando recién y acaba de olvidar. Era algo magnífico, algo mejor que esto. Cierra los ojos un segundo para tratar de recordar y es por esta razón que no hay quien dé el pitazo final. Nunca.

29 oct. 2010

Proxeneta chúlina

Mi tía Rosa, que años después tomaría las suficientes pastillas para adelgazar y terminar del tomate, en ese entonces seguía cuerda. Además tenía un novio que se fue de viaje. Yo tenía tres años y era aún el único individuo de la siguiente generación familiar –el primer hijo, nieto, sobrino-, por lo que estaba claro desde un principio que recibiría algún tipo de soborno. Era lo usual: un pobre diablo se moría de ganas por darle masa a una tía, de modo que primero tenía que darme a mí, como mínimo, masas de confitería. El proxeneta chúlina en mis zapatitos no tardó en convertirse en un hijo de puta exigente. Si me encontraba satisfecho con el regalo, inflaba mis cachetes en una sonrisa atragantada, mi tía se derretía y, sin darse cuenta, su sistema biológico aprobaba al candidato como posible progenitor. Después me dejaban solo y no requerían de mis servicios por un largo rato.

Por lo visto, el novio de mi tía Rosa traía los ojos rojos desde hacía un buen tiempo, ya que apareció de su viaje con una gigantesca caja de chocolates. Era temática, sus condenados dulces tenían forma de astronautas y naves espaciales. ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo allí, solo? No tuve otra que cumplir mi rol de voraz monstruo extraterrestre. Después dicen que la tele es la que incita a la violencia, cuando cualquier osito, azucarado y masticable, certifica la ancestral carroñería de nuestra especie oportunista.

Terminé en el hospital, cubierto de baba y chocolate, con un empacho de novela, por lo demás, peligroso. Mi tía abuela, médica, puteaba contra el chocolate mientras ordenaba un lavado de estómago. Yo deliraba mi protesta: beniiito totolate. Una y otra vez. Así fue como descubrí el abuso, aunque no, no el hartazgo, que hasta el día de hoy me pasa de largo. Mi tía abuela igual: descubrió otra anécdota familiar que repetir los domingos por el resto de su vida.

Set de cubiertos para desayunar

-Déme uno de esos.
-¿Éste?
-No, el de lado, el cuchillo para untar manteca.

El viejo de rostro poroso que atendía el negocio tomó el utensilio y se lo alcanzó, dirigiéndole una mirada oblicua y media sonrisa. Él desvió la mirada, aunque tomó el cuchillo y entregó el dinero. Salió caminando despacio, sin girar el cuello en ningún momento para detenerse a mirar a los costados. Los miraba de todos modos, de reojo. A la media cuadra empezó a correr, de la nada, pero no había nadie en la calle que pudiera notar y sobresaltarse ante su explosivo arranque. Era temprano.

Corriendo cruzo la calle cuando el semáforo estaba en verde, por lo que alguien que pasaba manejando dijo haber visto un caballo loco, pero su acompañante dijo que no, que no había pasado nada enfrente, borracho, para luego proponer un cambio de chofer. Corriendo atropelló e hizo volar a una abuelita que estaba en su camino, que traía una bolsa de mercado repleta y desde siempre había estado destinada a la postración y la conversión religiosa, proponiéndose fundar una orden, como cualquier ocioso encamado, lo que no tendría efecto alguno al morir en pocas semanas a causa de las magulladuras. Corriendo también pasó frente a tres tiendas donde bien pudo haber comprado el utensilio, aunque la verdad era que no había un motivo escondido más allá de la distancia. Por fin llegó a su casa, y lo primero que hizo fue meter un pan de sándwich en una de las mixteras que le enviaron el día de su boda. Le habían regalado todos los modelos del mercado. Claro que ninguno de los invitados se dignó en regalarle un solo set de cubiertos.

Saltando subió las escaleras y entró al baño. Frente al espejo vio con excitación que la camisa blanca que llevaba puesta estaba transparente. Con los dedos en pinza la despegó con cuidado de su piel, parte por parte, inclinándose un poco hacia delante. Luego desprendió los botones lentamente para no chorrear. Se quitó la camisa y la torció sin apretarla, colocó un vaso debajo y fue exprimiendo primero un poco, luego hasta la última gota de sudor. Volvió a la cocina y, después de dejar el vaso lleno sobre la mesa, desenchufó el aparato y extrajo la tostada. Levantó un brazo, tomó el cuchillo para untar y lo acercó a su sobaco. Una y otra vez lo arrastró a través del pelambre y la gelatina. Fue acumulando una cantidad considerable de una sustancia semitransparente con un fuerte olor, reminiscente a fermentación láctea, o quizás a otra cosa no muy distinta. Entonces untó la manteca infernal de su catinga sobre la tostada, se sentó y desayunó.

Su reluciente y nueva esposa, que se había levantado de la cama esperando un romántico plato de huevos revueltos, lo espiaba desde la puerta entreabierta, pero en lugar de asquearse o armar escándalo, tomó valor para entrar a la cocina y admitir:

-Ya corrí, salté, trepé y no, no hay caso, nunca sudo. Nunca sudé en mi vida.

Ella bajó la cabeza y él escuchó su ligero lloriqueo. Con ternura le extendió el cuchillo y le declaró su amor:

-¿Querés?

A lo que ella alzó su mirada temblorosa, brillante, para responder con voz enamorada:

-Si sobra nomás.

Él levantó el otro brazo.

Los 3 (tres) estadios evolutivos del cerebro humano

Un hombre empezó a caminar para atrás y se transformó en mono y después en reptil. El reptil empezó a caminar hacia adelante y se transformó en mono, y después en un hombre. Éste se tropezó y cayó de espaldas un mono, que dio una pirueta a contrarreloj y cayó erguido un reptil, el que sin embargo era cuadrúpedo y, sin poder mantener la postura, cayó de bruces el mono golpeándose la cara, por lo que al pararse, el hombre sangraba por la nariz. Esto se repitió varias veces hasta quedar el hombre muy desfigurado con la familia preguntándose qué era esa cosa tirada en la sala.

(de Que de mi piel un robot haga origami, Nicolás Granada. Ediciones de la Ura. 2008)

28 oct. 2010

En otro los otros del otro

A dos países los divide una avenida llamada Notentiendo. En cada sentido de ésta fluyen dos carrilles pavimentados, de pocos coches y, en el centro -tierra de nadie-, corre un paseo divisorio, angosto y poblado de medianos árboles de flores violetas. En invierno éstas sufren de vértigo y caen y cubren dicho suelo, sin nacionalidad, y en verdad os digo que da gusto caminar en una alfombra tan protocolar: no es que sea apátrida, soy el presidente del gobierno provisorio de un país utópico y paralelo, que se abstiene de caer bajo la sombra de dos naciones sin vergüenza. Allí, siguiendo las formalidades de mi administración, bailo desnudo como un signo. En sendas aceras, opuestas, los policías de un país me gritan ¡detente! en un idioma y en otro los otros del otro. No soportan la falta de jurisdicción territorial; a través de señas se ponen de acuerdo -por única vez se comprenden- y, a la cuenta de uno, dos, tres, disparan concomitantes y dos balas se unen en el centro exacto del corazón del presidente provisorio de mi país violeta, ahora un poco rojo.

(de Que de mi piel un robot haga origami, Nicolás Granada. Ediciones de la Ura. 2008)

Tereré se toma entre cuatro paredes

Al doblar el pasillo dentro de una estación de metro de Madrid, el joven ve a un hombre moreno que está de espaldas a la pared y que mira el piso. Dos hombres blancos están frente a él, uno de ellos hojea un pasaporte azul y el otro observa a los pasajeros que se acercan. Mirar de frente delata, de modo que el joven utiliza el rabillo del ojo y una mano, que del bolsillo del pantalón extrae un teléfono para acercarlo a su oreja y pronunciar de manera audible:

-Chaval, que te he dicho que ya eztoy llegando, joder.

Al oír esto, el hombre blanco desvía la mirada y continúa escaneando al resto de la multitud. Nos alejamos y de reojo veo que su celular está apagado.

-¿Batería pio?

-Sí, nderakore, casi casi nos fuimos a la puta.

La hora de la empanada

La hora de la empanada: todos los albañiles salen a la vereda. La mayoría las acompaña con pancito y Coca de litro en botella de vidrio, porque el sabor es distinto a la que viene en botella de plástico.

Las mujeres parecen botellas de Coca, canta El General, un tipo con voz de retardado rodeado de mujeres, en su videoclip, y seguro que también en la vida real, dado el caso que haya sabido administrar la plata recaudada con sus antiguos éxitos, lo cual parece improbable si lo juzgamos meramente por la voz; no importa, el asunto es que al escucharla querés morirte o arrojarle una botella de Coca Cola en la cabeza. La de vidrio, claro, aunque si tiene que ser de plástico al menos que esté llena.

A los albañiles no les hace ninguna falta que le canten que las mujeres parecen botellas de Coca, lo saben, ni tampoco que con las de antes, de vidrio, después de beberlas queda mejor sabor de boca que con las de ahora, de plástico; mujeres de vidrio y de plástico, esto es. De todos modos, los albañiles piropean a todas.

Cuando van a pasar por la vereda que está frente a una obra en construcción las mujeres, en especial las de plástico, levantan la nariz para activar el mecanismo que cierra las orejas, y cruzan la calle.

Ahora bien, lo que pasa es que al alzar la nariz también se alzan los ojos -esto en general es anatómicamente inevitable-, y justo enfrente a la obra hay un enorme cartel, allá arriba, que publicita un producto femenino. El problema es que la modelo que sostiene o está utilizando el producto no sólo es de plástico, sino que además es de un plástico inalcanzable. No importa cuánto se esfuerce la mujer que ha cruzado la calle: químico, bisturí, tereré con apio y esa bicicleta que no se va a ninguna parte. Todo es inútil, y ella lo sabe.

Al respingar la nariz, clausurando las orejas, ha dejado indefensa la mirada, permitiendo que la imposibilidad de llegar a ser como la usuaria del producto se impregnara en sus ojos bien abiertos, de modo que ahí la vemos caminando, con el culo y la nariz bien arriba, y la autoestima en sentido contrario, rápidamente acercándose a la vereda, a esa que está opuesta a la de la obra donde están comiendo esos puercos albañiles, dios la guarde, no sea que mientras se llevan a la boca la empanada y se les derrama una gota de aceite y un trozo de locote sobre la remera agujereada, comparen el órgano sexual de ella con el alimento que ingieren. Típico. Valle, sagua'a, pila, así murmurará ella según sea la edad que tenga. El único inconveniente es, como dijimos, que en este momento su vanidad acelera en picado como un avión que parece kamikaze, aunque en realidad se le ha apagado el motor, que es justamente el objetivo del anuncio: que toque fondo y se rompa en pedacitos, ya que la única manera de unirlos de vuelta será comprando el producto. Y eso que éste nunca es pegamento, literalmente, aunque eso hasta podría llegar a ser interesante. Por lo tanto, la mujer está a punto de decidir la compra, sintiéndose fea, y gorda, deprimente situación que la obliga a bajar automáticamente la cabeza con tristeza, sólo un poco, y ¡zas!, se le destapan las orejas y un coro de ángeles vulgares acude al rescate desde la vereda de enfrente: mamita, bombón, bebé y hasta referencias a tu empanada, mi amorrr, que ni el peor eufemismo te molesta, porque por dentro te hacen sonreír, aunque sin quitarte la cara de culo, claro, que eso es etiqueta. Lo cierto es que no corrés a comprar ese producto carísimo cuyo fabricante, entre otras cosas, ha gastado un dineral en hacerte sentir como la mierda, así que mejor usás la plata para hacerte un brushing y, de paso, le preguntás a la peluquera qué otro producto está mejor y más barato. Ella te recomienda uno que hace su comadre, artesanalmente, y que sí, viene en botella de vidrio, pero que no, no de Coca.

27 oct. 2010

El chofer de micro que hacía la señal de la cruz con el pie

Ella viajaba parada y se soltó para hacer la señal de la cruz al pasar frente a una iglesia. Justo entonces el micro frenó de golpe. Salió volando hacia delante y yo, que también iba parado, a último momento me solté para atajarla. Nos miramos y reconocimos la señal del destino. Justo entonces el micro arrancó de golpe. Salimos volando hacia el fondo y, nuevamente, alguien se soltó para atajarla. A mí no me atajó nadie, por lo que atravesé la ventana trasera, me aplasté contra el asfalto y dos o tres autos me pasaron encima. Apenas tuve tiempo de levantar el brazo y hacer la señal que no era del destino, ni tampoco de la cruz.

Fantasma

Toda la vida estuve enamorado, luego murió y quise seguirla, cosa que hice. Después de morir, uno se convierte en fantasma, que, tal como sospeché, no es otra cosa que una sábana blanca con dos ojos y una boca. Ni nariz ni pies ni nada. No está mal, uno va flotando por ahí sin hambre ni sed. Ahora, el problema es que todos los fantasmas son iguales, lo que me lleva al dilema que cada uno parece sufrir: cómo carajos la encuentro.

La elegancia

El hombre usa corbata y la mujer zapatos de taco alto. La corbata, que es larga y tal vez roja, representa el falo erecto, lleno de sangre. Los zapatos de taco alto permiten conservar la condición bípeda, al mismo tiempo que elevan los glúteos y hacen retroceder ligeramente la vulva, emulando la invitación coital del cuadrúpedo. Por eso, cuando frente a las puertas de un restaurant muy caro, el hombre de corbata le dice a la mujer de taco alto: las damas primero, es porno.

Culpa

El amigo del héroe está a punto de ser descuartizado por el malo de la historia, como suele suceder, por lo que intenta comunicarse con su cuate para solicitarle ayuda. Sin embargo, el celular no tiene señal. El celular nunca tiene señal, en ese momento, de modo que el amigo termina siempre en pedacitos. Por alguna razón incomprensible, el héroe mata al malo, pero, en lugar de seguir haciendo justicia, carga saldo.

Superhéroe

Con máscara subo a la terraza y miro hacia abajo, calculo y escupo. Soy el único con una saliva capaz de perforar el cráneo de los malos. Pero sólo de los malos, no de los buenos. Éstos piensan que fue un pajarito, luego de sentir algo húmedo y espeso en la cabeza. Dicen que es buena suerte, ¿o eso era pisar caca? No me acuerdo, pero conozco al superhéroe que caga en el camino de los malos, no de los buenos.

25 oct. 2010

Voy a cagar acá

Catalina, bajo la luna llena me transformo en gordo. En un gordo gigantesco, así, de repente. Pocas horas después estoy endeudado hasta el cuello -aunque éste no se note-, poseído por un arranque salvaje de glotonería. Si no hay ningún lugar cerca que sirva veinticuatro horas, soy capaz de tragarme lo que encuentre: a tu hijo, a tu perro, a vos no. Porque no.

Al día siguiente, me cago a mí mismo.

Me siento en el wáter, mis feroces nalgas se desparraman hacia los costados y por el centro caigo yo, en versión delgada, aunque tampoco saludable. Me arrastro de allí con dificultad y algo embarrado para dejar atrás la carcasa de un gordo sentado. Es un envase hueco, pero sólido y al parecer resistente. Me mira. Acabo de cagar a la inversa y el resultado, una obesa estatua de mí mismo, me mira. Lo hace como si aún tuviese algo adentro. Se la llevo a un amigo al que le encantan estas boludeces sobrenaturales, y me sale con que mi regordete cascarón tiene la mirada de un Buda, aunque autóctono y estreñido, razones por la que incluso podría ser más efectivo, ya que por un lado sabría reconocer los males particulares que aquejan a nuestro pueblo y, por el otro, el tipo tiene cara de que haría un gran esfuerzo. De qué estás hablando, le digo. Me lo pide de regalo. Le repito que es una cagada, a fin de cuentas. Me contesta que es al revés, que en sentido estricto eso sería yo. Luego, de un aparador saca un desinfectante en aerosol y me lo rocía encima, con ritmo ceremonioso y, si mis ojos no me joden, en forma de cruz. Salgo de su casa decidido a no volver.

A lo largo de los días se lo muestra a la gente y no pasa mucho tiempo antes de que le adjudiquen toda clase de intervenciones milagrosas. A mi amigo se le ocurre entonces construirle una fuente para que los crédulos arrojen monedas y pidan deseos. El problema con eso es que al final la llena de aceite y éstos fritan allí unas croquetas bendecidas que él vende. En ese lapso suceden otra luna y otra experiencia dolorosa de abandonar mi cuerpo sobre las patas de su propio excremento. Lo dejo tirado en el patio, pero a la semana alguien entra de noche y se lo lleva. Pronto me entero que el pueblo de a lado ya tiene su santa barriga sobre un altar y que el promedio del salario de sus habitantes ha aumentado diez por ciento. De repente me dan miedo mis transformaciones. Me preocupa mi seguridad y, en efecto, no tarda mucho para que intenten secuestrarme. Se me hace que soy la gallina de los gordos de oro. Me salvan mi amigo y varios seguidores, quienes luego me relatan sobre el cisma de los cinco kilos. Al parecer, la estatua del pueblo vecino es un gordo que, si se le mira bien, aparenta cinco kilos más que el primero y, por lo tanto, aseguran que es más poderoso. Me muestran dos fotos, no veo ninguna diferencia. De todos modos, mi amigo y sus seguidores se han escabullido hace un par de noches y lo han dinamitado. Ahora sólo nuestro pueblo tiene un Gordo de la Abundancia, único y original, custodiado en su propio templo. Dicen que no pueden darse el lujo de que otras iglesias obtengan imágenes más rechonchas y poderosas, que se modificaría la incipiente ruta de peregrinación de la región y se estropearía el derrame económico que varios inversionistas predicen que ocurrirá en el pueblo, razón por la que no están dispuestos a arriesgar su dinero sin garantías.

Me comunican la terrible noticia: soy el rehén de mi propio sorete.

Sólo puedo cagar acá, bajo la atenta mirada de unos locos vestidos con papel higiénico que me abrazan al salir de un inodoro hecho a medida. Mientras tanto, la cruzada de los cinco kilos causa estragos en la región, cuya economía está volcada a la persecución bélica de gordos milagrosos, mientras su población adelgaza hasta casi desaparecer. Un predicador de peso normal anuncia la contradicción que esto conlleva y, si bien unos flacos lo ponen a dieta hasta matarlo porque en el fondo habló mal de su gordo, pronto los ánimos se tranquilizan y optan por la diplomacia: ante cada plenilunio un pueblo distinto organiza un gran banquete, que yo devoro en su mayor parte, mientras todos se ponen a bailar hasta el amanecer o, por lo menos, hasta que a mí me den ganas de evacuar. Cada mes el santo, o sea yo, aparece con cinco kilos más. A nadie parece preocuparle, pero si esto sigue así indefinidamente, atajate.

Fin del mundo fantástico



Un ingeniero forestal acarrea a sus dos hijos a la Expo. Mientras él trabaja, ellos exploran. El niño tiene ocho y la niña seis, por lo que no están interesados, a diferencia del resto de los visitantes, en sacarse fotos con las promotoras o recibir un portalápiz de acrílico con el logo de un laboratorio farmacéutico.

Recorren los pasillos de los animales y les tocan las narices, les miran a los ojos, tratando de adivinar quién será el ganador del premio. No entienden bien en qué compiten. ¿Quién salta más alto?¿Quién corre más rápido?

En una esquina doblan y se encuentran frente a un pasacalles que proclama con letras de distintos colores que Mickey y Minnie estarán en la Expo, ese día. Saltan de emoción.

Le piden dinero al padre, compran pororó. La llegada de los ídolos infantiles está programada unas horas más tarde, pero de todos modos ellos ya están firmes a la entrada de la tienda de lona indicada en el anuncio. Aún no llega nadie. Entran y encuentran unos bancos de madera de tres hileras. No hay nada más. Se sientan y esperan, ansiosos.

¿Cómo será que vienen de tan lejos, tan rápido? Nada es imposible para Mickey, ni tampoco para Minnie siempre y cuando esté con Mickey. Mickey puede regalar caramelos en navidad sobre la avenida Félix Bogado sin permiso de Disney ni de nadie. Así que también puede caerle a la Expo en un dos por tres, tranquilo. En tanto discuten esto, en lugar de Mickey aparece Cebollita, el payaso enano de El Mundo Fantástico de Tito. Cebollita les pregunta si están dispuestos a dar su mejor esfuerzo para ayudar a Mickey y a Minnie. Ellos pierden la voz pero afirman con un gesto, extasiados.

Cebollita los conduce hasta la parte de atrás, un automóvil aparece y baja el mismísimo Tito. Abre la valijera y saca dos enormes bolsas de basura negras. Las deposita en el suelo frente a los niños y les acaricia el cabello, mientras les agradece la predisposición de colaborar con Mickey y Minnie para traer alegría a los niños y niñas de la Expo, y también de todo el Paraguay. Ellos sonríen, sin dejar de mirar las bolsas a sus pies. Cebollita las agarra y las lleva dentro. Pide que le sigan los buenos. Los niños, obedientes, le siguen.

Dejan caer las mandíbulas, sin emitir sonido, cuando el payaso abre las bolsas y extrae dos precarios disfraces hechos de espuma de colchón. Vos vas a ser Mickey y vos Minnie, dice, y sin esperar respuesta les ayuda a ponerse los trajes. Finalmente les coloca la cabeza y los niños, ya en el interior, empiezan a sudar. Sudan por calor y por terror. Tripas de su propia fantasía, no pueden moverse casi. Los llevan al centro de la carpa ante los alaridos eufóricos de muchos otros niños. Cebollita salta, Tito grita, ellos dos no hacen nada. Bailen, bailen, les anima Cebollita. Minnie empieza a llorar. Cebollita la agarra fuerte de un brazo y le ordena que pare y baile. Minnie llora más alto. Mickey empuja a Cebollita, que cae al piso. Los niños lo ovacionan. Prueban escapar, Mickey y Minnie, por la entrada principal de la carpa, pero Tito se les interpone en el camino con la mueca de propietario de circo. Muertos de miedo, intentan abrazarse pero sus enormes cabezas chocan. Tito se abalanza sobre ellos, pero entonces los demás niños hacen lo mismo sobre Tito, le cagan a trompadas, algunos le clavan los palitos de sus algodones de azúcar en ojos y garganta. Mickey y Minnie salen corriendo, Cebollita sostiene al moribundo en brazos, Tito muere. Es el fin del mundo fantástico, apenas el tercer día de la Expo.

---

Con base en una anécdota,  aunque sin final feliz, de Alejandro Fretes Wood.

En serio, fuera de bola



Foto por Chepi