7 sept. 2012

Experimentación de la fe


Límite entre Asunción y Lambaré, Paraguay, principios de la década de los 90.

La urbanización consta de seis manzanas encerradas entre una avenida bastante transitada y un arroyo igual de contaminado, como todos los que atraviesan la ciudad. Coincidimos un grupo numeroso de niños, como 20, apenas separados por un par de años en edad. Crecemos juntos, nos volvemos hermanos. Experimentamos el ocio colectivo y su pubertad correlativa. Además del fútbol, el alcohol a escondidas, los malones que se organizan sobre otros grupos, de barrios cercanos, pasamos juntos innumerables siestas con temperaturas mayores a los 40 grados centígrados, con un 90 por ciento de humedad, sentados en la vereda tomando tereré y hablando de las mujeres del barrio aledaño que querríamos raptar, como romanos, o de los pelotudos coetáneos de ese mismo barrio que querríamos reventar, como romanos. Violencia y sexualidad, nada raro para una pequeña tribu de adolescentes de 12 a 14 años. En aquel entonces transmitían únicamente dos canales en la tv, las computadoras domésticas eran todavía un lujo: la solidaridad del aburrimiento era por ende una actividad mucho más atractiva que permanecer intramuros. En ese contexto aparece un mesías. A esto le sigue una improvisada peregrinación de varios kilómetros. El asunto, por supuesto, acaba del mismo modo en que acaban todos los asuntos que involucran mesías a lo largo y ancho de la historia de nuestra especie.

Éste es el relato contado por sus protagonistas 20 años después: