25 oct. 2010

Voy a cagar acá

Catalina, bajo la luna llena me transformo en gordo. En un gordo gigantesco, así, de repente. Pocas horas después estoy endeudado hasta el cuello -aunque éste no se note-, poseído por un arranque salvaje de glotonería. Si no hay ningún lugar cerca que sirva veinticuatro horas, soy capaz de tragarme lo que encuentre: a tu hijo, a tu perro, a vos no. Porque no.

Al día siguiente, me cago a mí mismo.

Me siento en el wáter, mis feroces nalgas se desparraman hacia los costados y por el centro caigo yo, en versión delgada, aunque tampoco saludable. Me arrastro de allí con dificultad y algo embarrado para dejar atrás la carcasa de un gordo sentado. Es un envase hueco, pero sólido y al parecer resistente. Me mira. Acabo de cagar a la inversa y el resultado, una obesa estatua de mí mismo, me mira. Lo hace como si aún tuviese algo adentro. Se la llevo a un amigo al que le encantan estas boludeces sobrenaturales, y me sale con que mi regordete cascarón tiene la mirada de un Buda, aunque autóctono y estreñido, razones por la que incluso podría ser más efectivo, ya que por un lado sabría reconocer los males particulares que aquejan a nuestro pueblo y, por el otro, el tipo tiene cara de que haría un gran esfuerzo. De qué estás hablando, le digo. Me lo pide de regalo. Le repito que es una cagada, a fin de cuentas. Me contesta que es al revés, que en sentido estricto eso sería yo. Luego, de un aparador saca un desinfectante en aerosol y me lo rocía encima, con ritmo ceremonioso y, si mis ojos no me joden, en forma de cruz. Salgo de su casa decidido a no volver.

A lo largo de los días se lo muestra a la gente y no pasa mucho tiempo antes de que le adjudiquen toda clase de intervenciones milagrosas. A mi amigo se le ocurre entonces construirle una fuente para que los crédulos arrojen monedas y pidan deseos. El problema con eso es que al final la llena de aceite y éstos fritan allí unas croquetas bendecidas que él vende. En ese lapso suceden otra luna y otra experiencia dolorosa de abandonar mi cuerpo sobre las patas de su propio excremento. Lo dejo tirado en el patio, pero a la semana alguien entra de noche y se lo lleva. Pronto me entero que el pueblo de a lado ya tiene su santa barriga sobre un altar y que el promedio del salario de sus habitantes ha aumentado diez por ciento. De repente me dan miedo mis transformaciones. Me preocupa mi seguridad y, en efecto, no tarda mucho para que intenten secuestrarme. Se me hace que soy la gallina de los gordos de oro. Me salvan mi amigo y varios seguidores, quienes luego me relatan sobre el cisma de los cinco kilos. Al parecer, la estatua del pueblo vecino es un gordo que, si se le mira bien, aparenta cinco kilos más que el primero y, por lo tanto, aseguran que es más poderoso. Me muestran dos fotos, no veo ninguna diferencia. De todos modos, mi amigo y sus seguidores se han escabullido hace un par de noches y lo han dinamitado. Ahora sólo nuestro pueblo tiene un Gordo de la Abundancia, único y original, custodiado en su propio templo. Dicen que no pueden darse el lujo de que otras iglesias obtengan imágenes más rechonchas y poderosas, que se modificaría la incipiente ruta de peregrinación de la región y se estropearía el derrame económico que varios inversionistas predicen que ocurrirá en el pueblo, razón por la que no están dispuestos a arriesgar su dinero sin garantías.

Me comunican la terrible noticia: soy el rehén de mi propio sorete.

Sólo puedo cagar acá, bajo la atenta mirada de unos locos vestidos con papel higiénico que me abrazan al salir de un inodoro hecho a medida. Mientras tanto, la cruzada de los cinco kilos causa estragos en la región, cuya economía está volcada a la persecución bélica de gordos milagrosos, mientras su población adelgaza hasta casi desaparecer. Un predicador de peso normal anuncia la contradicción que esto conlleva y, si bien unos flacos lo ponen a dieta hasta matarlo porque en el fondo habló mal de su gordo, pronto los ánimos se tranquilizan y optan por la diplomacia: ante cada plenilunio un pueblo distinto organiza un gran banquete, que yo devoro en su mayor parte, mientras todos se ponen a bailar hasta el amanecer o, por lo menos, hasta que a mí me den ganas de evacuar. Cada mes el santo, o sea yo, aparece con cinco kilos más. A nadie parece preocuparle, pero si esto sigue así indefinidamente, atajate.

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