1 nov. 2010

La risa de los puentes

Yo era rígido y frío, yo era un puente y estaba tendido sobre un barranco. Boca arriba, veía las nubes pasar y dibujar caricaturas, pésimos chistes, aunque de todas formas no podía evitar reír, pero eso más bien se debía a que los viajeros, al cruzar, me hacían cosquillas con sus pies. Entonces el teléfono empezó a sonar. Si yo iba y lo atendía, los que me atravesaban en ese momento caerían y, en el fondo, los recibiría un río bravo y hambriento; no que otra cosa hubiese sido menos peor, claro. Luego del sexto timbre, la máquina contestadora inició la grabación. Era el río. Sabía que yo estaba ahí.

-Te estoy viendo ahí arriba- gritaba- atendeme el puto teléfono.

¿Pero qué podía hacer yo? Las nubes no me daban consejo alguno, seguían haciendo su show, malísimo, conmigo como espectador cautivo.

-Bueno, por lo menos date vuelta que te quiero mostrar algo- dijo el río.

Yo, que era un curioso sin remedio, no lo pensé ni un segundo y giré sobre mí mismo, sólo para darme cuenta del enorme error que había cometido, mientras veía que los viajeros caían a una muerte segura. Sin embargo, para mi sorpresa, no me miraban a mí, con recriminación, sino a las payasadas que realizaban las nubes: se cagaban de risa.

-¿Ves?- continuó el río- No es que las nubes no sean buenas en lo que hacen, sino que, simplemente, vos sos rígido y frío, un triste puente tendido sobre un barranco, sin sentido del humor.

Sonó un click e, inmediatamente, splash.

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