27 nov. 2010

Fobia

Cuando era pequeño su madre le había echado al suelo de cabeza. Al hacerse un poco mayor, ella se excusó diciéndole que se le había resbalado. De modo que, años después, él se encontró incapaz de no comprar todo lo que pudiera venir con mango antideslizante: el cepillo, el desodorante roll-on, la afeitadora y cualquier otra extensión de su esqueleto que él imaginara pudiera escaparse entre sus dedos y ocasionar daños permanentes. Lo cierto es que no tenía problema alguno en encontrar infinidad de artefactos que cumplieran este requisito, ya que al parecer era tendencia en los productos dirigidos al consumidor masculino. Qué era en realidad eso que tanto temían los perros, si juzgara uno por los pasillos del supermercado.

Eventualmente fue y le aplicó, quirúrgicamente, incrustaciones en la espalda a su novia, haciéndose evidente que su temor a que se le resbalaran las cosas se le había ido de las manos. Ésta fue la razón por la que su madre se sintió obligada a confesar.

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