3 nov. 2010

Las 1001 confesiones

El avión pasa y pasa. Alguien dijo que había empezado la guerra pero, con excepción de un par de pistolas descompuestas, en el pueblo nadie tiene armas. Menos aún alguna capaz de derribarlo. Sólo lo oímos pasar, luego alzamos los ojos y, a pesar de la hiriente luz del sol, lo vemos pasar de nuevo. De ida y de vuelta, qué demonios estarán haciendo sus tripulantes. Luego, por fin, arrojan algo. El cielo se vuelve colorinche. Son papeles impresos, propaganda enemiga, en varios colores. Al parecer cada color es una página distinta, el capítulo de una historia, seguramente mentira, que el enemigo quiere hacernos tragar. Todos nos ponemos a leerla con desgana, pero es interesantísima, tiene suspenso, traición, romance, qué sé yo, el kit completo. Pero, y he aquí la cuestión, no acaba, nos deja colgados en el momento de mayor intriga.

Los niños se ponen a buscar entre la maleza como locos, en algún lado debe haber caído el desenlace.

Nada.

El día siguiente pasa lentamente, mientras esperamos con ansias que el avión enemigo regrese. No es sino hasta el tercer día que alguien ve un lejano punto en el horizonte y comienza a gritar: el final, el final. Todos salimos con la boca abierta hacia el cielo como si volviera la lluvia luego de una terrible sequía.

El ser humano es incapaz de digerir celulosa, se burlan tres o cuatro viejas locas, paraguas en mano. Algo saben. Nosotros no, claro, por eso cuando empiezan a caer los papeles de colores empezamos a saltar, incluso mucho antes de que estén a nuestro alcance. Es como un baile, caen confites, alegría total. Ahora bien, las hojas carecen por completo de contenido, están en blanco, bueno, no en blanco, sino en amarillo, azul, rojo, etcétera, pero vacías. Hijos de puta, le gritamos muy patrióticamente al enemigo. Nos dejaron con las ganas. Las tres o cuatros viejas repiten su advertencia mientras se alejan por la calle principal. Es lo último que dicen sobre el tema. Y no es que la gente piense en comerse los papeles; sin embargo, todo aquél que tiene edad suficiente se alista en el ejército.

Casi toda la tropa ha venido por la misma razón, aunque nadie lo diga en voz alta. Ocultamos las ganas mediante un furioso nacionalismo. Y la guerra, como siempre, es negra, pero en nuestros ojos brilla una lluvia multicolor. De modo que, con semejante espíritu, apenas dos años después entramos en la capital enemiga.

Pero allí nadie parece saber nada de una historia sin final o algo por el estilo.

Nos toman el pelo o qué.

Mediante las más horrorosas torturas logramos estirarles la lengua. Ahora bien, cada confesión que arrancamos es un final distinto. El problema es que no sabemos cuál es el verdadero, todos son geniales.

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