El prócer de la patria que está de un lado de la moneda se le parece. Igualito. Él creía que era algo bueno, que por esa razón el dinero era una extensión suya, un espejito a cambio del cual obtendría todos los demás. Así, lo que más disfrutaba en el mundo era introducirse en el tragamonedas, bajar la palanca y escuchar el ruido que hacían los engranajes de su propia reproducción girando a toda velocidad.
Luego, a veces, escuchaba el dulce ping-ping y observaba extasiado cómo caían pequeñas cataratas a su imagen y semejanza. Le brillaban los ojos. Por eso, cuando una noche desde la máquina empezó a sonar un estrépito infernal que sacudió el casino y el metálico no dejaba de caer, y la gente se amontonó a mirar y el Banco Central había modificado hace poco el diseño de sus monedas y él ya no se vio en ellas, fue a su casa y se mató.
A su alrededor encontraron las monedas que había ganado dadas vuelta, miles y miles de hijos no reconocidos, y una breve nota donde decía haber comprendido finalmente por qué, a ese otro lado, le llamaban cruz.
31 oct 2010
30 oct 2010
El tercer y cuarto tiempo.
El calentamiento empieza con unas botellas de litro sentados en la vereda. Frente a la despensa. Ésta eventualmente cierra, de modo que lo siguen parados en la calle, ahora en botellas más pequeñas, frente a la estación de servicio de la esquina.
Finalmente, comienza:
Cerro ganó más clásicos. Olimpia tiene copas internacionales. Cerro es el club del pueblo. Olimpia tiene más hinchas. Tierra roja y cielo azul, Cerro nio es este país. Plata blanqueada y mercado negro, Olimpia era ODD y sigue siendo este país y a quién puta le importa. El fútbol luego es negocio, una cagada es. Vos lo que sos una cagada, qué lo que estás diciendo, enfermo. Lanzamiento de bala, por ejemplo, es un deporte noble, siempre fue olímpico. Sabés qué, vámosna afuera. Ya estamos afuera. Bueno, esperá me saco mi remera que es original.
Los dos lanzan unas cuantas patadas al aire, ni una sola vez se aciertan. Un tercero les separa. Les dice que el fútbol es el reemplazo simbólico de la guerra y que pelearse por culpa del mismo es, cuando menos, una contradicción, si no directamente una pelotudez.
Esta vez sí aciertan las patadas y, después de cansarse, lo abandonan en el suelo. Se piden disculpas y se dan un abrazo fraternal.
Quince minutos de descanso.
Suben al auto, pasan por la calle de los travestis y el copiloto lame un pezón. Luego arrancan y gritan puto. Atraviesan la avenida y se detienen a realizar un rápido estiramiento, esta vez en latas y cerca del mercado. Intentan estafarle el importe, borrachos pero seguros de sí mismos, al panchero. No tienen éxito. Doblan en la siguiente avenida y se encuentran, a las cinco de la mañana de un miércoles, jugando de nuevo mientras manejan en zigzag detrás de un hombre que va a su trabajo en bicicleta. Sacan la cabeza por la ventana del auto y le gritan al ciclista que, justo hoy, sacó la lotería, que es el peor día de su vida, que se va a morir, que le van a pasar por encima como si fuera una hormiga. El auto es un Marutti, pero igual. El ciclista se arrima al borde de la calle, sin detenerse, y responde que le dejen en paz. Ellos se ponen a su lado y le arrojan latitas semivacías a la cara sin dejar de amenazarle. El ciclista frena de golpe y les grita que son unos borrachos de mierda. El auto también frena, un poco más adelante, y el copiloto desciende corriendo: te voy a mataaaaaar. El ciclista huye en dirección contraria. Llega hasta una caseta policial y pide ayuda. El policía, con los ojos entrecerrados, sale de su caseta justo en el momento en que el copiloto, que es abogado, llega corriendo para encajarle un puñetazo al ciclista, y exclamar:
-Hijo de puta, quién te creés para intentar robarme, te voy a reventar.
El policía, por ende, duda. En medio de ambos. Carece de elementos inmediatos para tomar partido hacia uno u otro lado, sea que se trate de un pobre diablo aterrorizado gratuitamente por un par de borrachos o, en todo caso, de las víctimas enfurecidas de un asalto fracasado. ¿Quién qué? No sabe, no responde, no le calienta, quiere volver a dormirse y soñar con lo que estaba soñando recién y acaba de olvidar. Era algo magnífico, algo mejor que esto. Cierra los ojos un segundo para tratar de recordar y es por esta razón que no hay quien dé el pitazo final. Nunca.
Finalmente, comienza:
Cerro ganó más clásicos. Olimpia tiene copas internacionales. Cerro es el club del pueblo. Olimpia tiene más hinchas. Tierra roja y cielo azul, Cerro nio es este país. Plata blanqueada y mercado negro, Olimpia era ODD y sigue siendo este país y a quién puta le importa. El fútbol luego es negocio, una cagada es. Vos lo que sos una cagada, qué lo que estás diciendo, enfermo. Lanzamiento de bala, por ejemplo, es un deporte noble, siempre fue olímpico. Sabés qué, vámosna afuera. Ya estamos afuera. Bueno, esperá me saco mi remera que es original.
Los dos lanzan unas cuantas patadas al aire, ni una sola vez se aciertan. Un tercero les separa. Les dice que el fútbol es el reemplazo simbólico de la guerra y que pelearse por culpa del mismo es, cuando menos, una contradicción, si no directamente una pelotudez.
Esta vez sí aciertan las patadas y, después de cansarse, lo abandonan en el suelo. Se piden disculpas y se dan un abrazo fraternal.
Quince minutos de descanso.
Suben al auto, pasan por la calle de los travestis y el copiloto lame un pezón. Luego arrancan y gritan puto. Atraviesan la avenida y se detienen a realizar un rápido estiramiento, esta vez en latas y cerca del mercado. Intentan estafarle el importe, borrachos pero seguros de sí mismos, al panchero. No tienen éxito. Doblan en la siguiente avenida y se encuentran, a las cinco de la mañana de un miércoles, jugando de nuevo mientras manejan en zigzag detrás de un hombre que va a su trabajo en bicicleta. Sacan la cabeza por la ventana del auto y le gritan al ciclista que, justo hoy, sacó la lotería, que es el peor día de su vida, que se va a morir, que le van a pasar por encima como si fuera una hormiga. El auto es un Marutti, pero igual. El ciclista se arrima al borde de la calle, sin detenerse, y responde que le dejen en paz. Ellos se ponen a su lado y le arrojan latitas semivacías a la cara sin dejar de amenazarle. El ciclista frena de golpe y les grita que son unos borrachos de mierda. El auto también frena, un poco más adelante, y el copiloto desciende corriendo: te voy a mataaaaaar. El ciclista huye en dirección contraria. Llega hasta una caseta policial y pide ayuda. El policía, con los ojos entrecerrados, sale de su caseta justo en el momento en que el copiloto, que es abogado, llega corriendo para encajarle un puñetazo al ciclista, y exclamar:
-Hijo de puta, quién te creés para intentar robarme, te voy a reventar.
El policía, por ende, duda. En medio de ambos. Carece de elementos inmediatos para tomar partido hacia uno u otro lado, sea que se trate de un pobre diablo aterrorizado gratuitamente por un par de borrachos o, en todo caso, de las víctimas enfurecidas de un asalto fracasado. ¿Quién qué? No sabe, no responde, no le calienta, quiere volver a dormirse y soñar con lo que estaba soñando recién y acaba de olvidar. Era algo magnífico, algo mejor que esto. Cierra los ojos un segundo para tratar de recordar y es por esta razón que no hay quien dé el pitazo final. Nunca.
29 oct 2010
Proxeneta chúlina
Mi tía Rosa, que años después tomaría las suficientes pastillas para adelgazar y terminar del tomate, en ese entonces seguía cuerda. Además tenía un novio que se fue de viaje. Yo tenía tres años y era aún el único individuo de la siguiente generación familiar –el primer hijo, nieto, sobrino-, por lo que estaba claro desde un principio que recibiría algún tipo de soborno. Era lo usual: un pobre diablo se moría de ganas por darle masa a una tía, de modo que primero tenía que darme a mí, como mínimo, masas de confitería. El proxeneta chúlina en mis zapatitos no tardó en convertirse en un hijo de puta exigente. Si me encontraba satisfecho con el regalo, inflaba mis cachetes en una sonrisa atragantada, mi tía se derretía y, sin darse cuenta, su sistema biológico aprobaba al candidato como posible progenitor. Después me dejaban solo y no requerían de mis servicios por un largo rato.
Por lo visto, el novio de mi tía Rosa traía los ojos rojos desde hacía un buen tiempo, ya que apareció de su viaje con una gigantesca caja de chocolates. Era temática, sus condenados dulces tenían forma de astronautas y naves espaciales. ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo allí, solo? No tuve otra que cumplir mi rol de voraz monstruo extraterrestre. Después dicen que la tele es la que incita a la violencia, cuando cualquier osito, azucarado y masticable, certifica la ancestral carroñería de nuestra especie oportunista.
Terminé en el hospital, cubierto de baba y chocolate, con un empacho de novela, por lo demás, peligroso. Mi tía abuela, médica, puteaba contra el chocolate mientras ordenaba un lavado de estómago. Yo deliraba mi protesta: beniiito totolate. Una y otra vez. Así fue como descubrí el abuso, aunque no, no el hartazgo, que hasta el día de hoy me pasa de largo. Mi tía abuela igual: descubrió otra anécdota familiar que repetir los domingos por el resto de su vida.
Por lo visto, el novio de mi tía Rosa traía los ojos rojos desde hacía un buen tiempo, ya que apareció de su viaje con una gigantesca caja de chocolates. Era temática, sus condenados dulces tenían forma de astronautas y naves espaciales. ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo allí, solo? No tuve otra que cumplir mi rol de voraz monstruo extraterrestre. Después dicen que la tele es la que incita a la violencia, cuando cualquier osito, azucarado y masticable, certifica la ancestral carroñería de nuestra especie oportunista.
Terminé en el hospital, cubierto de baba y chocolate, con un empacho de novela, por lo demás, peligroso. Mi tía abuela, médica, puteaba contra el chocolate mientras ordenaba un lavado de estómago. Yo deliraba mi protesta: beniiito totolate. Una y otra vez. Así fue como descubrí el abuso, aunque no, no el hartazgo, que hasta el día de hoy me pasa de largo. Mi tía abuela igual: descubrió otra anécdota familiar que repetir los domingos por el resto de su vida.
Set de cubiertos para desayunar
-Déme uno de esos.
-¿Éste?
-No, el de lado, el cuchillo para untar manteca.
El viejo de rostro poroso que atendía el negocio tomó el utensilio y se lo alcanzó, dirigiéndole una mirada oblicua y media sonrisa. Él desvió la mirada, aunque tomó el cuchillo y entregó el dinero. Salió caminando despacio, sin girar el cuello en ningún momento para detenerse a mirar a los costados. Los miraba de todos modos, de reojo. A la media cuadra empezó a correr, de la nada, pero no había nadie en la calle que pudiera notar y sobresaltarse ante su explosivo arranque. Era temprano.
Corriendo cruzo la calle cuando el semáforo estaba en verde, por lo que alguien que pasaba manejando dijo haber visto un caballo loco, pero su acompañante dijo que no, que no había pasado nada enfrente, borracho, para luego proponer un cambio de chofer. Corriendo atropelló e hizo volar a una abuelita que estaba en su camino, que traía una bolsa de mercado repleta y desde siempre había estado destinada a la postración y la conversión religiosa, proponiéndose fundar una orden, como cualquier ocioso encamado, lo que no tendría efecto alguno al morir en pocas semanas a causa de las magulladuras. Corriendo también pasó frente a tres tiendas donde bien pudo haber comprado el utensilio, aunque la verdad era que no había un motivo escondido más allá de la distancia. Por fin llegó a su casa, y lo primero que hizo fue meter un pan de sándwich en una de las mixteras que le enviaron el día de su boda. Le habían regalado todos los modelos del mercado. Claro que ninguno de los invitados se dignó en regalarle un solo set de cubiertos.
Saltando subió las escaleras y entró al baño. Frente al espejo vio con excitación que la camisa blanca que llevaba puesta estaba transparente. Con los dedos en pinza la despegó con cuidado de su piel, parte por parte, inclinándose un poco hacia delante. Luego desprendió los botones lentamente para no chorrear. Se quitó la camisa y la torció sin apretarla, colocó un vaso debajo y fue exprimiendo primero un poco, luego hasta la última gota de sudor. Volvió a la cocina y, después de dejar el vaso lleno sobre la mesa, desenchufó el aparato y extrajo la tostada. Levantó un brazo, tomó el cuchillo para untar y lo acercó a su sobaco. Una y otra vez lo arrastró a través del pelambre y la gelatina. Fue acumulando una cantidad considerable de una sustancia semitransparente con un fuerte olor, reminiscente a fermentación láctea, o quizás a otra cosa no muy distinta. Entonces untó la manteca infernal de su catinga sobre la tostada, se sentó y desayunó.
Su reluciente y nueva esposa, que se había levantado de la cama esperando un romántico plato de huevos revueltos, lo espiaba desde la puerta entreabierta, pero en lugar de asquearse o armar escándalo, tomó valor para entrar a la cocina y admitir:
-Ya corrí, salté, trepé y no, no hay caso, nunca sudo. Nunca sudé en mi vida.
Ella bajó la cabeza y él escuchó su ligero lloriqueo. Con ternura le extendió el cuchillo y le declaró su amor:
-¿Querés?
A lo que ella alzó su mirada temblorosa, brillante, para responder con voz enamorada:
-Si sobra nomás.
Él levantó el otro brazo.
-¿Éste?
-No, el de lado, el cuchillo para untar manteca.
El viejo de rostro poroso que atendía el negocio tomó el utensilio y se lo alcanzó, dirigiéndole una mirada oblicua y media sonrisa. Él desvió la mirada, aunque tomó el cuchillo y entregó el dinero. Salió caminando despacio, sin girar el cuello en ningún momento para detenerse a mirar a los costados. Los miraba de todos modos, de reojo. A la media cuadra empezó a correr, de la nada, pero no había nadie en la calle que pudiera notar y sobresaltarse ante su explosivo arranque. Era temprano.
Corriendo cruzo la calle cuando el semáforo estaba en verde, por lo que alguien que pasaba manejando dijo haber visto un caballo loco, pero su acompañante dijo que no, que no había pasado nada enfrente, borracho, para luego proponer un cambio de chofer. Corriendo atropelló e hizo volar a una abuelita que estaba en su camino, que traía una bolsa de mercado repleta y desde siempre había estado destinada a la postración y la conversión religiosa, proponiéndose fundar una orden, como cualquier ocioso encamado, lo que no tendría efecto alguno al morir en pocas semanas a causa de las magulladuras. Corriendo también pasó frente a tres tiendas donde bien pudo haber comprado el utensilio, aunque la verdad era que no había un motivo escondido más allá de la distancia. Por fin llegó a su casa, y lo primero que hizo fue meter un pan de sándwich en una de las mixteras que le enviaron el día de su boda. Le habían regalado todos los modelos del mercado. Claro que ninguno de los invitados se dignó en regalarle un solo set de cubiertos.
Saltando subió las escaleras y entró al baño. Frente al espejo vio con excitación que la camisa blanca que llevaba puesta estaba transparente. Con los dedos en pinza la despegó con cuidado de su piel, parte por parte, inclinándose un poco hacia delante. Luego desprendió los botones lentamente para no chorrear. Se quitó la camisa y la torció sin apretarla, colocó un vaso debajo y fue exprimiendo primero un poco, luego hasta la última gota de sudor. Volvió a la cocina y, después de dejar el vaso lleno sobre la mesa, desenchufó el aparato y extrajo la tostada. Levantó un brazo, tomó el cuchillo para untar y lo acercó a su sobaco. Una y otra vez lo arrastró a través del pelambre y la gelatina. Fue acumulando una cantidad considerable de una sustancia semitransparente con un fuerte olor, reminiscente a fermentación láctea, o quizás a otra cosa no muy distinta. Entonces untó la manteca infernal de su catinga sobre la tostada, se sentó y desayunó.
Su reluciente y nueva esposa, que se había levantado de la cama esperando un romántico plato de huevos revueltos, lo espiaba desde la puerta entreabierta, pero en lugar de asquearse o armar escándalo, tomó valor para entrar a la cocina y admitir:
-Ya corrí, salté, trepé y no, no hay caso, nunca sudo. Nunca sudé en mi vida.
Ella bajó la cabeza y él escuchó su ligero lloriqueo. Con ternura le extendió el cuchillo y le declaró su amor:
-¿Querés?
A lo que ella alzó su mirada temblorosa, brillante, para responder con voz enamorada:
-Si sobra nomás.
Él levantó el otro brazo.
Los 3 (tres) estadios evolutivos del cerebro humano
Un hombre empezó a caminar para atrás y se transformó en mono y después en reptil. El reptil empezó a caminar hacia adelante y se transformó en mono, y después en un hombre. Éste se tropezó y cayó de espaldas un mono, que dio una pirueta a contrarreloj y cayó erguido un reptil, el que sin embargo era cuadrúpedo y, sin poder mantener la postura, cayó de bruces el mono golpeándose la cara, por lo que al pararse, el hombre sangraba por la nariz. Esto se repitió varias veces hasta quedar el hombre muy desfigurado con la familia preguntándose qué era esa cosa tirada en la sala.
(de Que de mi piel un robot haga origami, Nicolás Granada. Ediciones de la Ura. 2008)
(de Que de mi piel un robot haga origami, Nicolás Granada. Ediciones de la Ura. 2008)
28 oct 2010
En otro los otros del otro
A dos países los divide una avenida llamada Notentiendo. En cada sentido de ésta fluyen dos carrilles pavimentados, de pocos coches y, en el centro -tierra de nadie-, corre un paseo divisorio, angosto y poblado de medianos árboles de flores violetas. En invierno éstas sufren de vértigo y caen y cubren dicho suelo, sin nacionalidad, y en verdad os digo que da gusto caminar en una alfombra tan protocolar: no es que sea apátrida, soy el presidente del gobierno provisorio de un país utópico y paralelo, que se abstiene de caer bajo la sombra de dos naciones sin vergüenza. Allí, siguiendo las formalidades de mi administración, bailo desnudo como un signo. En sendas aceras, opuestas, los policías de un país me gritan ¡detente! en un idioma y en otro los otros del otro. No soportan la falta de jurisdicción territorial; a través de señas se ponen de acuerdo -por única vez se comprenden- y, a la cuenta de uno, dos, tres, disparan concomitantes y dos balas se unen en el centro exacto del corazón del presidente provisorio de mi país violeta, ahora un poco rojo.
(de Que de mi piel un robot haga origami, Nicolás Granada. Ediciones de la Ura. 2008)
(de Que de mi piel un robot haga origami, Nicolás Granada. Ediciones de la Ura. 2008)
Tereré se toma entre cuatro paredes
Al doblar el pasillo dentro de una estación de metro de Madrid, el joven ve a un hombre moreno que está de espaldas a la pared y que mira el piso. Dos hombres blancos están frente a él, uno de ellos hojea un pasaporte azul y el otro observa a los pasajeros que se acercan. Mirar de frente delata, de modo que el joven utiliza el rabillo del ojo y una mano, que del bolsillo del pantalón extrae un teléfono para acercarlo a su oreja y pronunciar de manera audible:
-Chaval, que te he dicho que ya eztoy llegando, joder.
Al oír esto, el hombre blanco desvía la mirada y continúa escaneando al resto de la multitud. Nos alejamos y de reojo veo que su celular está apagado.
-¿Batería pio?
-Sí, nderakore, casi casi nos fuimos a la puta.
-Chaval, que te he dicho que ya eztoy llegando, joder.
Al oír esto, el hombre blanco desvía la mirada y continúa escaneando al resto de la multitud. Nos alejamos y de reojo veo que su celular está apagado.
-¿Batería pio?
-Sí, nderakore, casi casi nos fuimos a la puta.
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